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No todo el mundo tiene que montar una startup

Esta mañana leí a un emprendedor mirar por encima del hombro la vida de la mayoría. Va siendo hora de reivindicar lo «vulgar».

Balanza con una cumbre y una bandera en un lado y una casa con un árbol en el otro

Publicado originalmente en el Substack de Cuéntamo.

Esta mañana leí uno de esos artículos que le dan a uno ganas de cerrar el portátil y salir a que le dé el aire. Un emprendedor de éxito (o eso se leía) mirando al resto del mundo por encima del hombro. A los que tienen un empleo, cumplen su horario y no sueñan con reinventar ningún sector no los llamó nada feo, claro. No hace falta: se leía entre líneas. Que su vida, la de la mayoría, es una vida vulgar. Y a mí me hirvió un poco la sangre. Un poco por ellos y, ya te lo iré contando, un poco por mí.

Me explico con lo primero. «Vulgar» es una de esas palabras que hemos ensuciado entre todos. Hoy la usamos para decir ordinario, de poca categoría, casi cutre. Pero «vulgar» viene de vulgo, que no es otra cosa que el pueblo. La gente corriente. La mayoría. Vulgar es, literalmente, lo que hace y quiere casi todo el mundo. Así que cuando alguien te suelta, con la ceja levantada, que tu vida es vulgar, sin darse cuenta te está diciendo una verdad enorme: que tu vida se parece a la de casi todos.

Y hay algo más, que es lo que de verdad me subleva. Esa gente «vulgar» es, precisamente, la que hace posible el proyecto del genio. El emprendedor tiene su idea, vale. ¿Y quién la construye? ¿Quién escribe el código, quién atiende a los clientes, quién monta las cajas, quién lleva las cuentas, quién madruga para que la máquina siga girando? Ellos. Los de la nómina. Ningún visionario ha levantado nada él solo desde el escenario de una charla. Detrás de cada fundador que mira por encima del hombro hay cien personas «vulgares» sin las cuales su sueño no pasaría de un PowerPoint. Morder la mano que te construye el imperio tiene su gracia.

Porque vamos a ver de qué va esa vida tan vulgar. Estudias. Te sacas un título o un oficio. Encuentras un trabajo y te esfuerzas en él, un año y otro y otro, aguantando lunes malos y algún jefe peor. Formas una familia, si te apetece, y la sacas adelante (que es de todo menos cómodo). Pagas la hipoteca poquito a poquito. Te jubilas. Y, con suerte y muchos años de por medio, te mueres tranquilo y rodeado de los tuyos. Dicho así, en frío, hasta suena a poco. Pero mírelo usted bien: no hay nada pequeño ahí dentro. Hay más mérito en hacer bien un trabajo corriente durante treinta años que en casi cualquier ronda de financiación.

«Pero es que no arriesgan», dirá el gurú. «No salen de su zona de confort.» Pues no. No quieren. ¿Y? ¿Desde cuándo no querer jugarte el sueldo de tu familia a una apuesta es un defecto de carácter? Hemos convertido el riesgo en una virtud en sí misma, como si arriesgar fuese bueno por arriesgar. Y no: arriesgar está muy bien cuando lo eliges tú y sabes lo que te juegas. Pero preferir la tierra firme, tener un suelo bajo los pies para los tuyos, no es cobardía. Es, casi siempre, pura cabeza.

Y ojo, que lo que me revienta no es que a ese señor le guste su vida de fundador. Faltaría más: emprender mola. Mola de verdad, con su libertad, su vértigo y el marrón bonito de construir algo tuyo. Lo que me revienta es la escalera. Que hayamos puesto el emprendimiento arriba del todo, en lo alto de una escala moral, y a todos los demás abajo, pidiendo perdón por no querer subir. Porque no todo el mundo quiere subir esa escalera. Y, sobre todo: NO TIENE POR QUÉ QUERERLO. Hay quien tiene la ambición de cambiar el mundo (bendito sea), y hay quien tiene la ambición, igual de legítima, de tener una vida buena: los hijos creciendo sanos, el trabajo hecho, los domingos sagrados. No es menos ambición. Es otra.

Y ahora te cuento por qué me hervía la sangre también por mí. Que conste que no soy quién para dar lecciones: me gano la vida como autónomo, facturando sobre todo a empresas de fuera, y encima por las noches y los findes monto cosas por mi cuenta (una de ellas es esto que estás leyendo, Cuéntamo). De vida tranquila y horario de nueve a cinco, más bien poco. Y a lo mejor por eso lo veo tan claro: la vida «vulgar», la del que ficha y cobra su nómina a fin de mes, no necesita que nadie la rescate de sí misma. Necesita otra cosa mucho menos épica. Llegar a fin de mes con holgura. Saber cuánto dinero va a tener dentro de seis meses. Poder ahorrar para lo que importa sin hacer malabares ni pasar la noche echando cuentas. Tranquilidad, vamos.

Y para eso hago Cuéntamo. No para que nadie se haga rico ni deje su trabajo a lo loco, sino para que quien no quiere jugársela tenga sus números claros y duerma del tirón. Y fíjate la gracia: sirve igual en los tres sitios. Al de la nómina que quiere que su sueldo le cunda y le dé paz. Al autónomo que factura y anda con los impuestos y el colchón a vueltas (un servidor). Y hasta al emprendedor que mira por encima del hombro, que también necesita saber cuánto le queda en el banco y cuánto va a tener el mes que viene, puede que más que nadie. Los números claros y a la vista no entienden de escaleras.

Así que sí: reivindico lo vulgar. Y me incluyo. Que le den vueltas los demás a la escalera. Yo, que vivo con un pie en cada lado, algunos días miro a los del lado tranquilo y los envidio a muerte.

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